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Zeitgeist Media (EE.UU.)
2010
Documental dirigido por Adele Schmidt y José Zegarra Holder
95 min.
"Romantic Warriors: A Progressive Music Saga" es un documental sobre el rock
progresivo; también es una labor de amor hacia un tipo de música que busca
desafiar, enriquecer y retorcer los parámetros y los confines del rock, y es
mucho el amor que tiene que fluir para con este género habida cuenta las
inmensas cuotas de escepticismo, desdén y desatención que recibe tanto de los
directores del mainstream como del gran público general. José Zegarra es un
peruano residente en los EE.UU. cuya melomanía progresiva le ha llevado no solo
a coleccionar discos sino también a mantener su propio blog Autopoietican
(http://autopoietican.blogspot.com/) donde se reseñan discos y conciertos
relativos al rock progresivo y otras formas de experimentación rockera. Adele
Schmidt es una cineasta de origen germano y residente en los EE.UU. que ya
tiene varios documentales y cortometrajes en su haber, y que ahora ha tenido a
bien desarrollar su propia visión fílmica sobre el rock progresivo. Ambos
conforman un matrimonio donde se comparte amplios intereses por lo innovador y
lo estimulante en el arte. "Romantic Warriors: A Progressive Music Saga" es un
ítem basado en estos intereses y focalizado en la forma de rock más sofisticada
que se haya inventado jamás.
Tal como señalan el reseñador Windhawk en ProgArchives y Brandon en el blog
Dispatch, éste no es un documental armado arquitectónicamente en una secuencia
hilada temáticamente con impoluto rigor, sino que literalmente documenta "lo
que pasa" en la actual escena progresiva de la Costa Este de los EE.UU.
(principalmente los eventos RoF Festival y NEARFest, así como los conciertos en
el Orion Studios) en una actitud de exposición relativamente aleatoria, casi
como dejando el micrófono abierto y esperando que se vayan dando los asuntos
específicos necesarios y más recurrentes. Teniendo en cuenta este enfoque, es
un gran éxito de "Romantic Warriors" el haber podido generar un aura de
cercanía entre las personas entrevistadas y el entrevistador "anónimo". Da
gusto atestiguar los ensayos y el periplo estadounidense del ensamble mexicano
Cabezas De Cera (quienes prácticamente fueron los reyes del NEARFest 2009), así
como los trajines por los que tuvo que pasar Deluge Grander - esencialmente un
proyecto de estudio - para armar sus primeras presentaciones en vivo y el vigor
de bandas como Cheer-Accident, La Maschera Di Cera o Karmacanic, cuyos
componentes ya llevan una buena cantidad de años de trayectoria musical: el
espectador puede sentir en verdad el derroche de energía que necesariamente
acompaña a estas propuestas musicales tan ambiciosas. Desde el área de los
veteranos tradicionales, no nos topamos con luminarias como la dinastía de Yes,
la tríada de Emerson, Lake y Palmer o los sobrevivientes de Pink Floyd, sino
más bien con héroes marginales como Gary Green (el guitarrista de Gentle Giant)
y la dupla estadounidense de Stanley Whitaker y Frank Wyatt (ex-Happy The Man y
ahora en Oblivion Sun). Gary ofrece una definición del rock progresivo que
parece simplista pero que en realidad guarda una complejidad sutil: "encontrar
la voz propia y única, esperando que salga algo reflexivo de ella" - se trata,
pues, de buscar la plasmación de algo peculiar dentro de las infinitas
posibilidades eclécticas que se pueden generar desde el rock, partir de la
emoción para llegar a algo bien pensado, corazón y mente unidos en una misión
artística. De este modo, la música se halla a sí misma y no tiene que
identificarse falsamente con la moda (para Gary, la música de moda no es música
real sino tan solo moda). Por su parte, Stanley y Frank aluden sin mayores
dramatismos al hecho de que la movida progresiva está destinada a ser olvidada
e ignorada por los medios de difusión musical comerciales, y más bien debe
encontrar su impacto en escenarios de pequeña cobertura y en un público
underground convenientemente dedicado a disfrutarla. Pero si queremos una
definición un poco más "concreta", John Collinge, de Progression magazine,
sostiene que el rock progresivo como música de base rockera que intensivamente
incorpora elementos de otras fuentes musicales como el jazz, el folk, la cámara
y la electrónica: puede sonar trillado, pero hasta ahora son definiciones como
ésta las que mayor éxito tienen a la hora de plantear un estándar en la mente
como punto de referencia, y eso es lo que se espera de una definición, ?no?
(Desde los lejanos tiempos del inquieto e inconformista filósofo Sócrates
sabemos para qué sirve una definición).
Si Gary Green ofreció una pauta general para definir lo progresivo, la gente de
Cabezas De Cera le da una concreción particular a dicha pauta al manifestar su
intención musical de absorber y reciclar el eclecticismo propio de la cultura
urbana y el mundo moderno: México D.F. es definida por ellos como la ciudad de
todas las ciudades mexicanas, y por tanto, su multivocidad les basta y sobra
para estimular la diversidad de fuentes y recursos en su propio repertorio.
Todos ellos evocaban con candoroso cariño sus inicios en el aprendizaje
musical, y luego, sus inicios como grupo de rock que buscaba hacer algo nuevo.
Dentro de esta incesante búsqueda de cosas nuevas está la creación de
instrumentos, incluyendo el Charrófono, un significativo "mito viviente" dentro
de la leyenda de Cabezas De Cera. Adicionalmente, el ensamble mexicano se
resiste a dejarse etiquetar, y esa misma actitud hallamos en las declaraciones
hechas por los músicos de Cheer-Accident, quienes simplemente gustan de
calificarse como músicos y compositores rockeros de caminos variados.
Particularmente, los miembros de Cheer-Accident ofrecen la consabida distinción
entre los músicos progresivos que se focalizan en reiterar esquemas sonoros
propios de los 70s y aquellos otros que buscan ir "más hacia adelante" a partir
de las influencias añejas recibidas. La gente de D.F.A. es la más explícita a
la hora de exponer su proceso compositivo: se parte de cómo uno recibe una idea
de otro con una actitud crítica, y en vez de desecharla, la va modificando y
aumentando a fin de que se ajuste más a sus expectativas, un juego de
correcciones y retos mutuos que finalmente aterrizan en composiciones complejas
y de generoso aliento. Ellos mismos reconocen que buscan hacer una música que
exija 20 (o más) escuchas atentas para que el oyente se familiarice con ella,
pero también saben que esto les impide abiertamente ajustarse a la "ley del
disfrute inmediato e instantáneo" que impera en el negocio musical. Aquí se
describe una dimensión colectiva de la voz propia y única. Este gusto por crear
nuevos recursos de complejidad y desafiar las restricciones usuales del
lenguaje musical rockero se plasma también en la intervención de Rob Martino,
miembro del Chapman Stick Center: él nos explica un poco en qué consiste su
trabajo de procesamientos digitales destinados a reciclar y replantear sonidos
no habituales para instrumentos eléctricos de cuerda (incluyendo sonidos
vintage de órgano Hammond y mellotron, sonidos realmente fetichistas=85).
También hay espacio para proyectarnos hacia el aspecto del negocio musical que
existe en torno al mundillo progresivo. Steve Feigenbaum nos habla desde sus
oficinas de Cuneiform Records sobre sus inicios en el negocio de ventas de
discos de música experimental, siguiendo así el sueño de difundir música que
tenía un mérito artístico especial pero que no recibía debida atención de parte
de los administradores de las discotiendas donde trabajó desde su juventud. Él
nos cuenta cómo su sello sirvió para estimular el trabajo de varias bandas
orgullosamente situadas en las veredas más experimentales del género progresivo
(los quebequenses de Miriodor parecen ser los campeones del catálogo de
Cuneiform), aunque principalmente son las reliquias del Canterbury (bootlegs de
Soft Machine, prácticamente todo disco donde esté involucrado Robert Wyatt o
Hugh Hopper) las que suponen los ítems de mejor pegada comercial para el sello.
En relación inconsciente con ello, también captamos las palabras de Dan
Britton, el líder de Deluge Grander, señalando que los grupos prog actuales no
solo tienen que luchar contra corriente frente al desinterés del gran público y
las grandes compañías fonográficas, sino también contra las reediciones,
compilaciones y demás nuevas ofertas de las bandas prog clásicas (Pink Floyd,
Yes, ELP, etc.). Al fin y al cabo, toda oportunidad de gloria comercial (en
términos progresivamente marginales, claro está) está en las ventas de discos
que se realizan en los quioscos armados durante los festivales: a mayor
afluencia de público, mayores posibilidades hay de llamar la atención de un
público que está genuinamente dispuesto a engrosar sus colecciones. En este
sentido, tal como nos vuelve a decir el propio Britton, tocar en el NEARFest es
pasar a las ligas mayores pues es la vitrina ideal para la difusión del género.
Ahora bien, también vemos en el documental el rol que jugó y sigue jugando hoy
en día Orion Studios en la dinamización del progresivo en la Costa Oeste.
Creado por Mike Potter hace varios años como sala de ensayo, él siempre fue un
fan del rock progresivo desde sus años mozos en los cuales escuchaba música de
King Crimson, The Moody Blues, Pink Floyd, etc., mientras veía las estrellas
con su telescopio. Desde los años 90s él tiene las estrellas más cerca de sí
(estrellas progresivas, claro está), quienes preparan sus ensayos en Orion
Studios cuando no tocan en un escenario acogedor para un público que se sabe,
de alguna manera, "selecto". El hecho de que los asistentes cuelguen posters
para que otros los puedan ver llevó a la formación espontánea y continua
remodelación de un "museo del rock progresivo" - una señal de que parte
innegable de la esencia del amor al progresivo es el compartir, más que un acto
de generosidad, es un ritual de amor hacia el género que se manifiesta como una
búsqueda de la ampliación de ese amor a través de ese mismo compartir.
Es de agradecer que veamos imágenes de grupos tocando en el festival ProgDay y
en los Orion Studios. La estructura del escenario de Orion Studios da casi la
apariencia de que se está ensayando en el garaje: pero bueno, bandas como
Phideaux, Karmacanic y Oblivion Sun se sienten bastante cómodas tocando para un
público despierto y receptivo. Por su parte, el ambiente campestre y casi
"casual" del ProgDay realza ese aire de familiaridad e intimismo del cual las
comunidades melómanas progresivas se enorgullecen tanto. Me pareció un poco
chocante ver a los miembros de La Maschera Di Cera aguardando pacientemente a
que se acercara la gente para comprar discos y solicitar autógrafos sentados en
su modesta carpa bajo el sol (era todavía el tiempo de "LuxAde" y uno sabe que
con LMDC no hay pierde, por lo que uno siempre se imagina y casi sueña con que
el grupo atrape multitudes de fans en el entorno progresivo), pero en las
imágenes que los muestran tocando para el magro público reunido en ProgDay sí
se capta el factum de su comunión intensa con quienes se dignan prestarles su
atención. Las imágenes del grupo japonés Qui tocando en medio del público en un
contacto milimétricamente cercano refuerza la idea del ProgDay como un camping
musical, no tanto un festival: la música de Qui es idónea para este ambiente,
pues pone énfasis en sonoridades acústicas basadas en la fusión y la World
Music para generar una línea progresiva a partir de ellas. Los músicos de Qui
no son los únicos japoneses que se hacen presentes en el documental: también
aparece un ejecutivo de Poseidon Records, una compañía disquera japonesa
dedicada a editar y difundir vigorosamente a las bandas japonesas progresivas y
experimentales del presente y del pasado. Adicionalmente, las imágenes del
local Silver Elephant son impagables: !cuántos discos y DVDs en vivo de
estupendas bandas japonesas han sido grabados allí! Este ProgDay sirvió a
Deluge Grander para debutar sobre un escenario: las vicisitudes por las cuales
tuvo que pasar el combo por causa de la ausencia del bajista fueron resueltas
con un trabajo duro y corto de arreglos nuevos para un material que es
sumamente complejo de por sí en cuento a desarrollos melódicos, cambios de
ambientes y estructuras rítmicas.
Estas y más cosas se pueden apreciar en los 90 minutos que dura "Romantic
Warriors", un documental, un DVD, un testimonio audiovisual, pero sobre todo,
una labor de amor.
César Mendoza
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